Un Englishman en New York

“Takes more than combat gear to make a man,
Takes more than a license for a gun,
Confront your enemies, avoid them when you can,
A gentleman will walk but never run”

4f9ec12361bd1bab0cb39e8759b99cf6--royal-dresses-lady-diana.jpgPor razones que a pocos deberían interesar, hace poco más de un mes dejé mi vida en Londres para embarcarme en varias semanas de vacaciones antes de mudarme a vivir a Nueva York. Fueron semanas increíbles, tostado al sol del mediterráneo, emborrachándome de Algeciras a Estambul, creyendo que el verano es la puesta de un sol que nunca se termina de poner.

Pero como he dicho muchas veces el verano no existe, así que tras este plácido lapso recogí mis bártulos, me despedí de mi peluquero y apagué por última vez las luces en St. James. Me entró una tristeza extraña, algo así como una nostalgia prematura, triste ya por la tristeza que vendrá. El caso es que cuando me quise dar cuenta estaba en la cola de los pasaportes de JFK con una negra gigante deseándome un buen día.

Nueva York es una ciudad complicada, sobre todo para los que venimos con vocación de cierta permanencia. Había estado ya anteriormente, pero siempre períodos cortos de tiempo en los que no valía pensar mucho, semanas sin parar a coger aire. Pero esta vez es distinto, desde el primer día siento un cierto deber de compromiso con la ciudad, como si tuviera que ser franco desde el principio con ella y esforzarme en hacer de mi apartamento aquí una verdadera casa. Me siento como empezando a salir con una chica que de verdad no quiero que me deje por ningún motivo  razonable que esté bajo mi control.

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Y lo cierto es que por ahora la cita no va muy allá. ¿Saben cuando quedan con una chica y todo sale bien? ¿Cuando la conversación es interesante y fluida, hay emocionantes conexiones y hasta los chistes te entran como a Larry Bird los tiros desde la línea de tres? Pues Nueva York y yo vamos al revés.

Siento que hace demasiado calor, que en la calle hay demasiada gente. Las manzanas se me hacen largas para caminar, los edificios me parecen ordinariamente altos, las aceras están sucias y cuestiono hasta la misma lógica urbanística de semejante metrópolis. El metro me parece un lugar inhabitable, la calle está llena de chiflados, cada rincón se me hace un decorado turístico. Me siento como un Englishman en New York.

Yo, sí yo, el que tanto añoraba “América”, el exiliado, el trotamundos, el más gitanito de la City londinense, el que siempre se está yendo; me encuentro a diario en situaciones sin el más mínimo sentido: diciendo que estoy de paso, hablándole en español a los puertorriqueños, discutiendo la propina con un taxista antipático. Fingiendo ser quien no soy, incómodo, fuera de lugar.

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Pero sigo saliendo a pasear por largas horas, lleno de esperanza y muy atento a todo lo que me rodea. Y busco el Nueva York que he visto en la tele, la América que vi, escuché y leí durante tantos años, la de verdad y la de mentira desde East of Eden hasta This Side of Paradise, y me pregunto dónde están las azoteas donde El Guardian vivía las anécdotas que cuenta en su último libro (por cierto exquisito). Y por supuesto voy pendiente por las calles del SoHo a ver si en un cruce de miradas repentino me deslumbran los ojos de Elsa Hosk, y frecuento bares de Jazz esperando cruzarme con Woody Allen en la cola del baño, y hago guardia frente a Trump Tower por si saliera Melania a dar un paseo de medianoche y pudiera entonces proponerle una nueva vida juntos los dos.

Y tras el bochorno inicial, qué quieren que les diga, últimamente cada día que pasa me parece que hace menos calor, siento que se estrechan las manzanas y los edificios van perdiendo metros de altura. Ya he descubierto qué cadena vende los hot dog buenos en la calle y cuál los malos, aunque quizás debería dejar de probarlos todos por si acaso el “dad bod” pasa de moda y toca empezar a estrechar la figura. He conocido a gente interesantísima, aunque de momento ni rastro de Elsa Hosk.

Porque eso es América amigos, todo lo que tú puedas y quieras hacer de ella. Y aunque el metro siga estando igual de sucio y haga un calor inhumano, aún me puedo maravillar mirando a la gente a mi alrededor, desde el bum más desagradable hasta esa monada de Denver a la que luego persigo discretamente por el supermercado, pensando que quizás si nuestros carritos chocan ella levante la mirada y acabemos envejeciendo juntos rodeados de niños y de caballos en un rancho de Colorado, y yo pueda ver la vida pasar desde una casa con porche.

Alaska Young
AY@belairblog.es

 

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