Halloween y la Democracia

“Democracy is the worst form of government, except for all the others”

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Cada año a finales de octubre el mundo celebra la fiesta de Halloween. No está muy claro qué celebramos exactamente, ni por qué cierta gente se disfraza de determinada forma, pero a estas alturas la parafernalia ha superado a cualquier tipo de motivo o tradición.

Cada cuatro años España celebra elecciones generales, autonómicas o municipales. No está muy claro qué votamos exactamente, ni por qué cierta gente se disfraza de determinada forma, pero a estas alturas la parafernalia ha superado a cualquier tipo de motivo o tradición, al menos en algunas partes del territorio nacional.

Mi vecina Lucy es una chica bastante del montón. La conocí un día que se atascó el ascensor de mi edificio en la calle 25, y desde entonces la veo de vez en cuando en el supermercado. Nos saludamos, comentamos un par de obviedades y miramos de reojo nuestras cestas a ver qué lleva el otro. Normalmente en la suya mucha verdura, comida fría pre-cocinada y trozos de una rutina con la que parece encontrarse bastante a gusto. Normalmente en la mía un par de manzanas, agua con gas y trescientos gramos de nostalgia cortados finos por un carnicero que no vive en Nueva York.

Lucy es de estas chicas que siempre va vestida como si viniera de hacer deporte, epidemia que se extiende ya por prácticamente todo el USA. Ignora por completo los beneficios del buen vestir e incluso cuando me la cruzo de noche va vestida como una bibliotecaria de película mala de Antena 3 a la hora de la siesta. Además, por algunos encontronazos casuales en nuestro estrecho portal, se que su grupo de amigas son todas parecidas, la verdad no parecen ser gente especialmente emocionante o divertida. Pero ayer por la noche pasó algo extraordinario.

Volvía yo a casa a eso de las diez de la noche y escuché, según se abría la puerta del ascensor, las voces de Lucy y sus amigas. Preparado para soltar un triste saludo a la comitiva del nada-me-late, quedé tan impactado con lo que vi que se me cayeron las bolsas del supermercado y rodó por el suelo una botella de Perrier haciendo un ruido estruendoso, permitiéndome contemplar en plano ascendente aquella maravilla de la estética y la libertad que se revelaba ante mis ojos.

Zapatos de plataforma, medias blancas, liguero de encaje y unas piernas finas como dos cigarrillos ardiendo, topadas por el bajo de un vestido escaso pero pleno, mínimo pero suficiente. Proseguí ascendiendo con la mirada y tras pasar un ombligo necesariamente cubierto aterricé a la altura de su pecho donde lucía, en un tramo de tela en alta tensión y bajo el precipicio que formaban sus clavículas al aire, una llamativa cruz roja que yo no sabía si llamaba a la religión, a la salud o a la caridad, o a todas al mismo tiempo. Lucy lucía con tanta luz aquel inusual y peligroso atuendo que aquel día paso de ser Lucy a ser Lucía para mi, y ya nada volvería a ser lo mismo.

Pero lo curioso es que si volvió todo a ser lo mismo, y el lunes al café del desayuno volvió a la ropa de deporte, y a las gafas de culo de vaso y a la piel sin maquillar. Y Lucy, a quien el Lucía le duró lo que tardó en amanecer, me hizo pensar en mi y en todos nosotros y nuestra vida social, y en la democracia que nos une. Porque Lucy lleva una vida estable y monótona, seguramente hasta aburrida y poco atractiva, pero una vez al año se viste de bailarina de club de caballeros y enseña cosas de sí que ni ella conocía. Y como una estrella fugaz vive una noche de locura para darle sentido a los otros 364 días de cordura.

Nuestro sistema democrático, que no es perfecto ni mucho menos, es lo mejor que tenemos y la única forma de ser libres en el mundo actual. Y aunque un día al año alguno se suba dos vueltas de más la falda del colegio, debemos saber que por la mañana volverá a verse frente a los problemas cotidianos que son los más importantes, y que son aburridos y poco atractivos para el público de 140 caracteres. Y todo volverá a la normalidad y debemos asustarnos cuando no lo haga: cuando vea a Lucy un martes de Abril llegar de madrugada vestida de Lucía, si el circo que ataca nuestra democracia se alarga más de lo razonable o si nuestro sentido del ridículo se acostumbra al espectáculo más de lo debido.

Alaska Young
AY@belairblog.es

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