La traición viril

Muy proclives a reflexionar sobre todo tipo de temas, hace ahora un par de semanas el Señor Darlington y yo nos encontrábamos tomando un prematuro y probablemente innecesario gin-and-tonic en una terraza madrileña. Eran las cuatro y diez minutos de la tarde, y desde las dos y media el día nos pedía reflexión y placer.

Cuando el día te pide reflexión y placer, tienes varias opciones: perderte leyendo la Crítica De La Razón Pura de nuestro siempre amigo y heróico-virginalmente fallecido Inmanuel Kant, consumir LSD mientras te rascas los brazos completamente solo en tu casa, o puedes irte con algún amigo a comer a una terraza y extender la sobremesa hasta que el sol decida abandonar la reunión. Dado que el verano aún respira y los libros de más de 900 páginas dan calor, y dado que la moda del ácido murió con Steve Jobs, si es que quedaba algo de ella, la comida era el plan más recomendable.

Pensé que hasta si hubieran quedado The Beatles, Peter Fonda, John Belushi y Jerry García en casa de Albert Hofmann aquel día sin saber a qué, hubieran acabado en la terraza del Hotel Ada Palace (Gran Vía, 2) bebiendo Sipsmith.

En ese marco mi viejo amigo me recordó un vídeo que había visto en el que aparecían diversos empleados de Abercrombie & Fitch cantando y bailando la cuasi-canción-del-verano “Call me maybe”. Darlington estaba indignado, pues hacía unos años había acompañado a un amigo a comprar unas sandalias de cuero en dicha tienda, y se arrepentía ahora de haber financiado aquella “bacanal de cuasi-hombres frustrados”.

Esto me hizo reflexionar sobre varias cosas:

La primera de ellas es por qué en cada ciudad, en cada rincón del mundo, hay un odio generalizado hacia los empleados de Abercrombie & Fitch por parte de la comunidad masculina.

¿De dónde viene este odio? Creo que la respuesta es clara: simbolizan el futuro que tanto temían nuestros antepasados, desde Platón hasta Alfonso Ussía, en el que las buenas maneras, la inteligencia y la educación quedarían eclipsadas por los torsos rasurados, el humor estúpido y las sonrisas fáciles. Las cualidades que antes una Señora le pedía a un amante, ahora se las pide a un novio, y las que antes necesitaba un novio ahora, simplemente, “me recuerda a mi padre, tía”.

Si Don Winston levantara la cabeza, probablemente la volvería hundir en la tierra al ver que los musculitos, la idiotez y los piercing están ahora casados con Clementine, y no escondidos en el armario como solo Dios sabe si lo estaban en 1908.

Frustraciones a parte, estoy con Darlington en que el vídeo retrata una escena más propia de una noche en el Elysium Hotel de Mykonos que en The Metropolitan Club de New York. Por otra parte, nos consolaba el saber que toda esa fachada tan exageradamente trabajada, ineludiblemente daba lugar a una personalidad exageradamente básica. Mientras Darlington, o Matthew o yo leemos a Kafka, ellos hacen pesas al ritmo de música house.

Uno tiene que elegir entre el interior o el exterior, si veranito de postureo playero o de aprobados holgados, y si bien dicen que los ojos son el espejo del alma, les puedo asegurar que los abdominales no son reflejo de la mente.

El problema es que la caza hoy en día es tan rápida que no le da a uno tiempo a desplegar todos los mecanismos de engaño o convicción de que dispone. ¿Alguna vez han intentado conversar sobre el concepto de eternidad en una discoteca? Yo sí, y les aseguro que no es lo que más vende. Las mujeres hoy en día son, por lo general, vagas, y les gusta comerse la carne con las manos, sin cuchillo y tenedor.

Si uno lo piensa realmente, ¿de quién es el problema? hace unos años, el cortejo a una mujer era un proceso lento, pausado, paciente e incluso podríamos decir que frustrante. Incluía llamada, paseo, cena, paseo con mano, merienda, cena, comida, merienda, cena, baile (¡¡¡BAILE!!!) y, si eso, al final de la noche, un beso tan breve y fugaz que no le daba tiempo ni siquiera al dulce sabor de los labios a pasar de unos a otros. Hasta hace no mucho, este era el camino hasta los labios de cualquier Fernández de Córdoba o Fernández de Henestrosa.

Hoy en día, podríamos fácilmente ver a la futura Duquesa de Almazán de Saint Priest o de cualquier otro sitio restregando sus finas líneas corporales, esculpidas por las esposas más distinguidas de este país desde el S. XIV, procedentes directamente de Alfonso X El Sabio, contra el cuerpo de algún musculoso hombretón, que con pelo de punta y camiseta de lycra, ha conseguido hacer que la joven Patricia pierda la corona y el bastón.

Menos caso al reguetón y más a Kerouak cuando decía “My fault, my failure, is not in the passions I have, but in my lack of control of them”.

Quizás la herencia más importante que recibimos de los musulmanes, aparte de la palabra “almohada” que es realmente bonita, fue la importancia de saber detectar ante qué tipo de mujer estamos, pues no conviene llevar a cenar a mujeres que lo que quieren es cama, ni a la cama a mujeres que lo que quieren es cenar. Darlington, por desgracia, no aprendió este principio cuando en invierno estudió la cultura andalusí.

Cole Porter y Marilyn Monroe escribieron en 1938 para el musical “Leave It To Me!”:

“While tearing off a game of golf,

I may make a play for the caddy,

but when I do, I don’t follow through

Cause my heart belongs to Daddy.

If I invite, a boy some night

To dine on my fine Finnan Haddie,

I just adore, his asking for more,

But my heart belongs to Daddy”

Julie London repite estos versos hoy en día, pero ya nadie la cree. Daddy Yankee ha sustituido a John D. Rockefeller y a William Hearst como propietarios del corazón de sus hijas, nietas, y sobre todo bisnietas.

Esto nos llevó al segundo punto de la reflexión: si acabábamos de comparar el hombre de antes con el de ahora, parece justo compara al hombre de ahora con la mujer de ahora.

Llegados a este punto, nos parece correcto pedir el segundo gintonic. “El segundo, dice” se ríe Darlington mientras pide a la camarera que retire los cuatro vasos de la mesa. Despedimos al sol, viejo compañero, en un atardecer que fácilmente podría ser aquella escena de Mujeres Desesperadas (aclaro que no soy gran fan de esta serie) en la que Gabrielle ve cómo se aleja el coche de Carlos Solís rumbo al trabajo, y viene por el otro lado de la calle el joven John Rowland a buscar un nuevo rincón donde perder un calcetín. El sol es tu marido, la luna es tu amante.

¿Ha sucumbido la mujer del S.XXI a la modernidad? Creo que la respuesta es claramente no.

La mujer, desde tiempos de Adán y Eva, siempre ha sabido que podrá no tener músculos, podrá no tener barbas, y podrá no tener una espada, pero tiene los instrumentos necesarios para que no le haga falta ninguna de estas cosas. Esto lo dejó muy claro la ya-demasiado-mítica Marilyn Monroe, cuando dijo que “no me importa vivir en un mundo dominado por hombres, siempre y cuando pueda ser una mujer dentro de él”. No me pregunten por qué, pero desde que nací he vivido convencido de que esta frase la pensó mientras se echaba el after-sex cig en la cama tumbada junto a John F. Kennedy. Happy Birthday Mr. President!

La feminidad, al contrario que la masculinidad, sigue estando de moda. Pieles morenas, trabajadas piernas, uñas pintadas y pelos lisos y sedosos. Efectivamente, estoy hablando de los antedichos modelos de Abercrombie & Fitch, que parece que se toman demasiado a pecho aquello de copiar a tu enemigo para ser igual de fuerte que él.

Hola, me llamo Alaska Young y a veces me imagino al Sargento Hartman de Artillería apareciendo en la Plaza del Marqués de Salamanca número 5:

“-¿De dónde eres, guapo?

-De Badajoz ¡Señor!

-¿Te depilas las axilas?

-Señor, sí Señor

-Solamente se depilan las axilas los nadadores profesionales y los maricones, y en Badajoz ni hay mar, ni hay ningún club profesional de natación, así que ya sabemos lo que eres..

-Señor, su camisa es color verde de Schweinfurt y sus pantalones verde de Scheele, que no pega para nada. Quizás si se quitara la camisa y nos dejara tocarle la espalda trabajaríamos más a gusto.”

En definitiva, animo al lector a que apueste por la seriedad y el estilo, y que no decaiga en el proceso. Recuerden, amigos, que a una mujer de salón se la puede enseñar a follar, pero a una mujer de dormitorio no se la puede enseñar a pensar.

Alaska Young

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