Hanoi, mi amor

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Vayamos por partes. Muy buenas tardes.

Con la llegada del verano, las agendas se ajustan y a veces te encuentras con un poco de tiempo libre. No pidan detalles, pero cuando me quise dar cuenta estaba viendo atardecer desde un avión de hélices de Lao Airlines y mi sorpresa al ver la arquitectura de las zonas que rodean el aeropuerto se veía interrumpida con un brusco golpe contra el suelo al aterrizar. Eran las 19:47 de la tarde en el aeropuerto internacional de Hanoi.

Nunca me gusta llegar a una ciudad nueva de noche, te hace ver las cosas más oscuras y parece como que empiezas con mal pie. Dicho esto, era noche cerrada y el taxista señalaba un callejón estrecho y poco iluminado mientras sacaba mi gran mochila del maletero y me la ofrecía como diciendo: venga, en esa pocilga entras tú solo.

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Dado que al día siguiente tenía que madrugar bastante para atender una serie de asuntos, decidí que no era la noche más adecuada para salir a explorar alguno de los sitios que me habían recomendado una pareja de americanos de origen vietnamita con los que había compartido el taxi, y a los cuales habíamos dejado en una calle con mejor limpieza y bastante mejor iluminación.

Una vuelta y a dormir. Pensé que era buen momento para ponerme mi camiseta del Real Madrid, me gusta hacerlo de vez en cuando si estoy en el extranjero. Vaya donde vaya, vayan donde vayan, siempre hay gente que sabe lo que es el Real Madrid y puede ser el punto de partida para conocer a mucha gente o para evitar o solucionar algún problema. Hablo desde la experiencia, si hubiera un lenguaje universal, una lengua que todo el mundo supiera hablar, “Real Madrid” sería el saludo por antonomasia. De momento, lo más cercano que tenemos es una sonrisa, todo el mundo la entiende.

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No me veía con fuerzas para sentarme en uno de los tenderetes callejeros tan típicos de esta caótica ciudad, y mis hábitos alimenticios de los días anteriores me empezaban a pasar factura, por lo que encontré un sitio “de lujo” en una calle que hacía curva y decidí sentarme a cenar. Era “de lujo” porque tenía mesas de madera y una carta que poder mirar, unos ventiladores moviendo el aire de la terraza y camareras vestidas de forma similar. Me sentía el hijo de un jeque.

Café, comida y arquitectura. Los tres motivos que me llevaron a Hanoi. Yo estaba muy cansado para el café, y la noche muy oscura para la arquitectura, por lo que tras ver la carta decidí lanzar un órdago y pedir cangrejo de concha blanda. Ésta es una comida que o aciertas o fallas, podía ser un cangrechujo congelado traído desde China hace semanas o un sabroso y carnoso cangrejo recogido del mar la noche anterior. La preparación me preocupaba menos pues si el cangrejo era bueno sería difícil echarlo a perder, y más en un local de lujo como aquel.

Veo a la gente pasar, estoy solo en una terraza y al otro lado de la calle una familia local comenta la jugada en el Cafe Ba Chín A. Me pareció una estampa pintoresca, mentiría si dijera que no tomé discretamente una foto.

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Pasa un grupo de diez motos cada cuatro segundos, me sorprende mucho la cantidad de motos que hay en esta ciudad. Es como si todo el mundo circulara a la vez por el mismo sitio, justo donde yo me encuentro. En algunas motos van dos personas, en otras tres, cuatro, y hasta cinco. Todas las motos son similares, nadie destaca, nadie falta y nadie sobra. Las lleva gente de todas las edades, todo el mundo es parte de la corriente de un río de ruido y humo, nadie se lo quiere y nadie se lo puede perder en Hanoi, corazón de Vietnam, último resquicio de la nostalgia comunista. El “tío Ho”, como aquí se le conoce, descansa eternamente a escasos kilómetros de aquella terraza y mientras reflexiono sobre la estampa que me rodea y pienso “joder, qué calor” me sorprende una camarera que me pone sobre la mesa un hermoso cangrejo de concha blanda perfectamente preparado con cebolla roja y algunas verduras de cuyo nombre no quiero acordarme. Acerté con el cangrejo, rotundamente. Aposté toda mi noche a un caballo perdedor y el caballo ganó.

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Nadie destaca, nadie falta y nadie sobra, me decía para mis adentros. ¿Cuánta gente habría pasado ya delante de aquella lujosa terraza? ¿Cuánta gente pasaría en lo que queda de noche? La camarera me miraba de reojo mientras comía, y se acercaba a mi mesa con cualquier excusa con tal de poder descifrar qué hacía aquel joven cenando solo en una terraza de Hanoi, vestido con una camiseta de CR7 y unas gafas de pasta, mirando todo lo que le rodeaba. No, no quiero otra cerveza de momento, gracias. No, no tengo calor, así está bien, gracias. No, aún no se qué voy a pedir de postre. ¡Sí! ¡Ronaldo! ¿Le conoces? Ah si, Irina también, she is very beautiful. Risas.

En ese momento me fijé que de tanto observar mi alrededor me había perdido lo más importante, lo más imprescindible, la camarera. Suelo prestar atención cuando me toman nota de la comida pero aquella noche sentía que había demasiadas cosas sucediendo a mi alrededor, tantas que me había dejado lo más importante.

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Tenía una belleza discretamente arrebatadora, término que se me ocurrió mientras la miraba marcharse a traerme otra cerveza, y que reafirmé mientras la observaba subir la intensidad del ventilador que estaba a mi izquierda. Para el postre le empecé a preguntar todo lo que se me ocurría sobre su recomendación para aquel día: plátano frito con helado de mango. ¿Helado en Vietnam? Exacto, el tema me dio un par de minutos de conversación.

La conversación dio para mucho y se atrevió a preguntarme qué hacía yo en Hanoi: “work or holiday?”, a lo que se me ocurrió responder, buscando darme un aire interesante: una mezcla de ambos. Mentí, por supuesto que mentí, cómo no hacerlo. Nadie tiene un trabajo como para no mentir cuando semejante perla oriental te pregunta a qué te dedicas. Hagas lo que hagas, era imposible estar preparado para salir sin armadura.

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Pagué la cuenta y me levanté mientras hacía un comentario a la altura de un “pues parece que va a llover”; dije:

This is a very busy street, a lot of people passing by.

This is Hanoi, mi amor.

Es posible que una parte de esa conversación sea licencia poética, hubiera sido precioso. Y sin más me marché de aquella terraza y volví paseando al hotel. Pensé en todo lo que había dado de sí la noche, sin haber acabado de ninguna forma especial, y sin embargo me sentía plenamente satisfecho, plenamente saciado. Lo importante fue el trayecto, no el destino, no había destino; espero que lo hayan disfrutado.

ALASKA YOUNG

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