México. Fuego y asfixia

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente nadie. La plaza amaneció barrida;  los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo y en la televisión, en el radio, en el cine, no hubo ningún cambio en el programa. Ningún anuncio intercalado ni un minuto de silencio en el banquete (pues prosiguió el banquete)

-Rosario Castellanos, memorial de Tlatelolco

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Aquí un español.

Seguramente la mayor parte de los lectores españoles o europeos no tengan mucha información (si alguna) sobre los sucesos que este otoño han azotado el panorama político, social y sobre todo sentimental en México. Por algún motivo otros ruidos han silenciado en el extranjero esta historia.

Pudiendo hablar con varios amigos y colegas mexicanos, la mayoría llegan a la misma conclusión: México arde y los mexicanos se asfixian. Recapitulemos brevemente.

A finales de septiembre un grupo de estudiantes de magisterio de la escuela Normal de Ayotzinapa se desplazan en unos autobuses hasta la ciudad de Iguala para recaudar fondos y personas de camino a la marcha del 2 de octubre en la Ciudad de México. Los estudiantes no eran bienvenidos en dicha ciudad fruto de pasados altercados durante protestas contra el alcalde José Luis Abarca, y esta vez su visita coincide con el baile de lanzamiento de la campaña para la alcaldía de María de los Ángeles Pineda, mujer del actual alcalde. El matrimonio Abarca-Pineda y su familia tienen una relación tan estrecha con el narcotráfico y el crimen organizado que casi no se puede ver la línea que los separa. Catorce miembros fueron detenidos por la policía en 2009, y uno de los hermanos acabó como jefe del horrible cártel Guerreros Unidos que opera y desespera en esta zona del país.

Dada la inoportunidad de la presencia de los estudiantes, tres de ellos son asesinados y 43 son apresados por la policía y desaparecen sin dejar rastro. Apresados por la policía, que es el ejército, que son las bandas de crimen organizado, que son los políticos, que viven jugando a cambiarse el disfraz para no repetir vestido en demasiadas fiestas seguidas.

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Y así, así sin más, desaparecen. Paradójicamente camino de conmemorar la horrible matanza que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. 200 estudiantes murieron entonces y sus voces en grito aún suenan para las nuevas generaciones que acuden cada año a conmemorar y a no olvidar el valor que tiene la protesta, el inconformismo, el “ya no aguanto más”.

Pasan las horas, pasan los días, y aparece un portavoz el gobierno contando una versión oficial según la cual los 43 estudiantes habrían sido entregados por la policía al cártel Guerreros Unidos, y quemados vivos por estos en una hoguera que estuvo ardiendo algo más de medio día. Como si  la muerte fuera el final, como queriendo poner un punto y a parte, como si muerto el perro se acabara la rabia, confiaba el gobierno en que tras los rigurosos días de luto, llanto y parafernalia, el país se fuera a olvidar de este horroroso suceso. “Ya me cansé” bromeaba aquel sinvergüenza sin vergüenza al acabar de explicar los hechos ante los medios. Si te cansaste prepárate, porque esto no ha hecho más que empezar.

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Vivos se los llevaron, vivos los queremos. Eso gritan las voces de familiares, amigos, compañeros y muchos mexicanos y extranjeros desesperados por una realidad que les golpea de frente, la de la impunidad más total y exagerada, la de la impotencia. México está en llamas, y su gente se asfixia, y la desesperación llega hasta el punto de no creer al gobierno que les dice (o, mejor dicho, les cuenta) que han asesinado a sus hijos y amigos, que se olviden del tema, que no hay nada que hacer. Buscan aire y no encuentran oxígeno para llenar sus pulmones, ahogándose en las entrañas de un México que empezó a arder cuando el narcotráfico y la política se metieron juntos en la cama, y que ahora castiga a sus ciudadanos con los hijos surgidos de esa relación incestuosa. El papá se dejó seducir por su niña bonita, de piernas tan largas como un palo de golf y piel tan suave como los billetes de cien dólares.

Es La Ley de Herodes, es El Infierno, es La Dictadura Perfecta.

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Con un presidente de vacaciones, el país pide a gritos un golpe de timón, cansado y abatido por los horrores del crimen organizado. “Cuando la tiranía es Ley, la revolución es orden” decía Pedro Albizu y cantaba René Pérez Joglar, me ha hecho pensar mucho en todas las cosas que damos por supuestas los que vivimos en la otra cara del mundo.

Voy a ceder las últimas líneas al gran periodista y aventurero Trémoris Grecko, pero no sin antes mandar un humilde mensaje de ánimo a todo el pueblo mexicano. Sabed que os tenemos presentes en nuestros corazones y oraciones.

El sistema que nos está matando nos exige complicidad en nuestra propia tragedia. (…) Como estudiante, como trabajador, como profesionista, como empresario, como ciudadano, como mexicano, ¿estás luchando para evitar el colapso de tu país? (…)

Vamos a la calle. No te canses, no te aburras, no te rindas. Tenemos que luchar. México se asfixia.

#YaMeCanse

ALASKA YOUNG

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