De qué no hablo cuando hablo de placer

Maybe not. Maybe, we would have hated each other eventually.
Maybe we’re– we’re only good at brief encounters,
walking around in European cities in warm climate

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Hay pocas (muy pocas) veces en la vida en las que uno puede decir que se siente realmente impresionado, y según pasan los años las cosas que nos impresionan son menos debido a la propia naturaleza de la impresión misma y a la huella que deja en nosotros.

Según avanza el mundo, las maneras en las que se intenta impresionarnos se vuelven más y más sofisticadas, para un público que es cada vez más y más difícil de impresionar. Es por eso que las películas de los años noventa no entretienen como las de ahora, y por lo que Nina Simone no suena en los iPhones de la mayoría de jóvenes. Sin embargo, cuanto más ando por el inexorable camino de rocas y agua que es la vida, más me doy cuenta de que hay ciertas cosas que sobreviven el paso del tiempo manteniendo la capacidad de impresionar, y todas tienen un denominador común: una belleza, valga la redundancia, impresionante. Un determinado tipo de belleza atemporal, que conecta con los sentimientos y que se puede crear en cualquier punto de la Historia.

Para hacer algo bueno (o bello) podríamos decir que basta con la técnica, con la matemática, con la geometría y la aritmética, pero para hacer algo sublime (algo impresionantemente bello) hace falta un toque de genialidad, y una valentía curiosamente poderosa para hacer que una persona cualquiera, ajena completamente al proceso creativo, se sienta impresionantemente impresionada. Para hacer que se plantee las reglas del juego, al espectador hay que conseguir recordarle lo poco que sabe de aquello que sabe.

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Hablo de una valentía poderosa pues la mayoría (dentro de la cual, por una vez, me incluiré) sufre una impotencia humillante por la cual siente que, por mucho que componga, pinte, esculpa, represente, trabaje o escriba, nunca podrá causar en otros lo que otros otros causaron en él.

El grado más alto de toda esta impresionante impresión es lo que se conoce popularmente como “Síndrome de Stendhal”, que supone la completa perdición del control motriz y nervioso del cuerpo a causa de una belleza no solo impresionante sino incluso paralizante. Lo que entra por los ojos penetra hasta los órganos, se te mete en las venas hasta conseguir envenenarte y dejarte enfermo. Enfermo de verdad, en sentido clínico.

Durante mi corta vida he vivido momentos extremamente placenteros de mano de la música, el cine, la gastronomía, la naturaleza y muchas otras cosas que el lector fácilmente imaginará. Pero dentro de esas áreas puedo contar con los dedos de una mano aquellos en los que me he sentido, aún sin llegar a ponerme enfermo, paralizado: fue un momento concreto en un concierto concreto, fue una vista concreta de un paisaje concreto, fue una mirada concreta a una mujer concreta y al modo en que los rayos del sol atardeciente pintaban a trazos su cuerpo, y fue un momento concreto en una película concreta, concretamente en la escena final de “Before Sunset” en la que, tras varios segundos de oscuridad esperando una escena aún más final que la final, aparece en la pantalla (spoiler alert) “Directed by Richard Linklater”.

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Es un placer que entra por los ojos y oídos, es difícil sentirlo a través de otros sentidos u órganos por los que estamos más acostumbrados a ese tipo de sensaciones. Por ejemplo, a través del sentido del gusto me sorprendería mucho encontrarme en dicha parálisis, pues para causarla tendría que alejarse tanto de todo lo que ha probado uno antes que parece una tarea imposible. Es por eso que no llegué a la parálisis cuando fui por vez primera a DiverXO a cenar; me cambió la vida, sí, pero no me anuló los sentidos.

No es placer, al menos no sólo placer, es parálisis. No es sólo dar un paso por delante de lo bueno, eso es la excelencia, sino que es dar uno tan grande que consiga causar en el espectador un sentimiento de deriva que le deje completamente confuso. Impresionantemente paralizado. Paralíticamente impresionado. “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.

Una vez alguien me dijo que al final de la vida solo me examinarán del amor, y solo me queda esperar que tras ese inexorable examen, sobre un fondo oscuro y misterioso, aparezcan unas letras diciendo algo parecido a “Directed by Richard Linklater”.

ALASKA YOUNG

AY@belairblog.es

La Défense, Paris, France 2010

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