La Diversión en Dios

Esta es la fe, esta es la llamada. Joder.
Peio H. Riaño

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Acabo de ver La Llamada, una película adaptación de una obra de teatro creadas ambas por Javier Ambrossi y Javier Calvo, “Los Javis”. La película gira en torno a 4 personajes que voy a intentar explicarles cómo nos representan y cómo nos dejan de representar, cómo todas ellas son todos nosotros. Son 4 personajes que en realidad son dos personajes partidos por la mitad, cuatro mitades que hacen dos, o uno.

La trama transcurre en un campamento religioso para chicas de todas las edades. Todo y todas son un decorado para dar contexto a la historia de las dos protagonistas: María y Susana. María (Macarena García) es una niña bien, que habla como hablan las niñas que cursaron la primaria en Montealto y tiene en la mirada la paz y la bondad más absolutas. Tiene una belleza de esas que al mirarla te hace sentir que estás haciendo algo bien. Aunque intenta probarse diferentes trajes y vestidos, siempre sale a flote su esencia más auténtica. Tan bien, tan mona, tan limpita, tan para mis padres.

Por otro lado, Susana (Anna Castillo) lleva el pelo teñido y habla con acento de extra-radio. Tiene un novio llamado Joseba que que la pasea en una moto de campo. Se deja invitar y va donde le diga cualquier hombre con pinta de sicario. No aspira a nada que no quiera ser, y piensa que la vida puede ser del color que ella la pinte si se esfuerza lo suficiente. Tan choni, tan vulgar, tan de chicle y ombligo.

En un lado estarán unos, y en el otro estarán otros, y entre ellas dos estoy yo. Igual que el cerebro tiene dos mitades con funciones distintas, mi corazón pide a gritos a María cada día, revuelto entre tanta vulgaridad y tantas cosas hechas sin orden ni inteligencia. Una sonrisa que se abre como dos cortinas por la mañana, un paso en firme delante del otro, hombros atrás y barbilla arriba. Eso es María, una atracción hacia lo aspiracional, una apuesta segura. Pero amigos, qué quieren que les diga, más veces que pocas me levanto y echo de menos a Susana en mi lado de la cama. Cuando toda formalidad me parece excesiva y tomarse en serio es tomarse el pelo, cuando quiero empezar a aplaudir antes de tiempo en el teatro y que la gente me mire pensando que me importa. Cuando la rutina es un veneno que se come con cubiertos y lo que nos apetece es comer un hot dog caminando por la calle, y girarnos a mirar cuando se cruce una rubia de bote.

Me pregunto qué tal acogida habrá tenido la película en ambientes como los colegios de niñas bien donde creció Macarena, hasta qué punto se dejaron hechizar por la película y no encontraron esquinas a las que sacarles punta, consiguiendo ver, precisamente, lo que hay más allá. Jonathan Holland, crítico en España del Hollywood Reporter y que extrañamente me dio clase en la universidad, la definía acertadamente como “una atractiva fantasía sobre la alegre coexistencia de los opuestos”.

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La Llamada es una maravillosa puesta en escena del buen gusto milimétrico que han demostrado tener Los Javis. Dan profundidad para crear varias capas y dejan que cada uno mida hasta dónde quiere bajar. Quizás la disfrutamos tanto los que hemos sido tan María y tan Susana que ya logramos reconciliarnos con las dos y dejar que vivan juntas.

Me extrañaron bastante las nominaciones a los Goya estando como está la “beautiful people” del cine español a la que ya le pesan un poco las arrugas, y que tuvo que ver cómo desaprovechaban Los Javis la enésima oportunidad de lanzar otra ofensiva más contra un blanco tan fácil que hace tiempo ya nos cansa, desempolvando así las ópticas y los ángulos.

Y sin embargo lo que hicieron fue recordarnos que en el amor de Dios cabemos todos y que es un destino que se acumula por el camino. Nos recuerda la naturaleza personal y divina de algo que muchas veces se eclipsa en su propia burocracia, va hasta el núcleo de la experiencia religiosa y la hace accesible a todos. Que la pintora se encuentra con Dios pintando y la cantante lo hace cantando, sin importar que la pintora sea oficinista o la cantante monja.

También nos recuerda que nadie en este mundo nos puede juzgar más que nosotros mismos, y sin darnos cuenta nos anima a abrir el corazón y tender puentes sobre brechas tan arraigadas en nuestra cultura pasada como el color de la piel, la orientación sexual o la longitud de la falda. Lo hace a través del recorrido de cuatro personas: una que entra (María), otra que se encuentra (Milagros) y dos que se quedan quietas (Susana y la Madre Superiora). Todas juntas de la mano en este coming-of-age tan tan español, en el sentido más contemporáneo de la palabra.  Y que sigan ladrando.

Alaska Young
AY@belairblog.es

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